Otero Silva en La Vela

Más de la mitad de los manuscritos de "Fiebre" los escribí aquí, escondido en la casa de los Reyes. (Miguel Otero Silva está en La Vela de Coro. Mira hacia la línea del mar que a esa hora -3 de la tarde- tiene unos reflejos plúmbeos. Miguel extiende el brazo y apunta con el índice hacia Muaco, parado entre la vieja Aduana y el muelle). 

"Por allá desembarcamos esa mañana del año 29. Me habían hecho teniente y después nos fuimos con Urbina por aquellos lados..." (ahora señala hacia el sur, hacia los cerros de Mataruca). 

"El encuentro fue caliente. Nos mataron a un negro de Barquisimeto que echó el plomo hereje antes de rosar por un barranco de buches y guazábaras". (Es un pedazo de fiebre lo que relata ahora recostado a la baranda de la plaza). 

Hemos caminado un poco. Miguel le ha dado un vistazo a la casona de la Aduana, ahora convertida en universidad. 

Toca con los nudillos la madera de una silla labrada por los artesanos del puerto. "Es puro cardón", dice. 


Luego sale y se pone a mirar la calle que arranca del "bulevar" con una rectitud coriana. 

"Poco ha cambiado La Vela, ¿no? A esa hora un pescador dormita en un banco del bulevar. "Hola", saluda Miguel. El pescador, presto, extiende una mano de laja oscura. 

Miguel se vuelve hacia nosotros. Toma del brazo a Guaramato. "Sabrás que Olegario Reyes era más sólido que Urbina", comenta y al parecer indica que era menos cruel que Rafael Simón. O que tenías más ideas en la cabeza. (Una ráfaga arrecia entre los almendrones y otras matas deshidratadas que también se animan a los golpes del viento marinero). 

Miguel mira la hora. 

"Me queda muy poco para la conferencia". 

Se queda pensativo todavía con los ojos en la hora. 

"Podríamos quedarnos un rato más, irme de camisa y sin afeitarme a la conferencia pero allá seguro que va a estar Cheché" (se refiere a Monseñor Francisco J. Iturriza, condiscípulo suyo a los Salesianos de Caracas hace como 60 años). 

Ahora levanta la mano hacia las muchachas que lo observan desde las puertas de la Aduana. 

"Volveré con más tiempo", les dice, y después se queda mirando las casas desconchadas que pasan a medida que el automóvil abandona el puerto.

Por: Rafael José Alvarez, periodista y poeta coriano.

Tomado de la revista "Mundo viviente", 1997.

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