Como un milagro

Ocurrió a principios de la década del 40.

En las primeras horas de la tarde, bajo el canicular resplandor de un sol ardiente, en la calle Sucre de La Vela de Coro se produjo un enorme estruendo, quizá exagerado para su causa. Simultáneamente la casa de las Molina quedó envuelta en una espesa masa de polvo, y éste comenzó a subir hacia las nubes como asfixiante humo de color marrón. Sencillamente se había partido la vieja cumbrera de la sala que daba a la esquina y así se desplomó todo ese techo: gruesos tirantes de madera antigua, latas, barro, paja, tejas... en fin, todos los componentes de las construcciones de bahareque. 

    Al impacto, los más próximos vecinos corrieron a la calle, a medio vestir, pues a esa hora dormían su acostumbrada siesta. El espectáculo los llenó de terror y comenzaron a gritar, sin poder penetrar el espeso y ascendente muro de polvo.

    -¡Murieron las Molina!... ¡Murieron las Molina!...

Alguien sugirió echar agua, y sin pérdida de tiempo se aplicaron mangueras y el líquido contenido en toda clase de envases -sopas, jugos, café-. Poco a poco el polvo se fue apaciguando mientras se aglomeraba un gentío frente a la casa accidentada.

    -¡¡¡Eran unas santas!!! -decían jóvenes y viejos.

    -¡Maestras como esas no volverán nunca más!, afirmaban entre sollozos. 

    -¡Dios mío!... ¿Como puede pasar esto?-. Y aquel resentido interrogante parecía una blasfemia. 

Las Molina, Emilia Rosa y María Luisa (Mabiche) eran, verdaderamente, seres excepcionales. Maestras desde los tiempos del gomecismo, habían educado varias generaciones de veleñas que resultaron damas útiles, cultas y de sólida moral. A la hora de nuestro relato, niñas con sus madres y abuelas unían lágrimas y lamentos. 

Para esas maestras no hubo sacrificio que no estuvieran prestas a realizar en pro de sus alumnas. Mensualmente recibían del gobierno Bs. 80, y más adelante 100 o 120, dinero del cual tenían que pagar sus sueldos, el alquiler del aula y algunos materiales escolares. Seguramente conocerían ellas el don de la multiplicación que les enseñó nuestro Señor Jesucristo. Eran damas católicas de vida cristiana, de conducta austera, severamente moral. Todo el pueblo las amaba y respetaba. 

El día del derrumbe a que nos referimos, Emilia Rosa, en un rincón de la citada sala, de rodillas en un reclinatorio rezaba frente a un pequeño altar con la imagen de la Virgen Santísima, la que lucía alumbrada por una delgada vela. María Luisa, al otro extremo del recinto, toda vestida de negro, acababa de sacar de un escaparate una andaluza (1) que se colocaba en la cabeza con la intención de salir para la Iglesia parroquial.

Una vez que se calmó el polvorín, los atónitos espectadores vieron con indescriptible asombro como dos figuras fantasmales avanzaban lenta y cautelosamente por entre los escombros. Por su color, de pie a cabeza parecían talladas en madera de caoba. 

    Eran ellas, las Maestras... ¡Sanas y salvas!

Y ante la imagen dela Virgen Inmaculada continuaba encendida la vela, rompiendo con su luz la sombra del empolvado ambiente. 


(1) Andaluza: velo o tocado de tul y bordado, estilo español, muy de moda entonces. 

- Tomado del libro "Breves Relatos Veleños", escrito por Bhilla Torres Molina, año 1998.

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