Catalepsia en La Vela

Tiempos de la colonia. 


Los europeos y los criollos privilegiados explotaban sin piedad a los indios -primitivos, legítimos y absolutos dueños de la tierra venezolana-, y a los negros, traídos a la fuerza desarraigándolos de su suelo de origen. Era muy difícil la vida de la gente pobre, esa depredada sin escrúpulos. En La Vela, una de las primeras poblaciones adyacentes a Coro integradas por la nueva raza anunciada en 1527, los habitantes vivían fundamentalmente de la pesca. La menguada agricultura apenas producía para mantener una sobrevivencia elemental. Pero el mar brindaba gran variedad de peces que constituían sana alimentación capaz de desarrollar gente fuerte y aguantadora. Muchos años después de multitudinario bautizo de indios celebrado por fray Antonio Merino, cuando Juan Antonio Ampíes, hijo del magnánimo factor Juan de Ampíes, vino a la tierra caquetía a pactar la paz con el Diao Manaure, la mayoría de los indígenas cambiaron sus nombres nuarhuacos por otros usados en el Viejo Mundo: María, José, Juan, Pedro, Nicolás, Antonio… también optaron por apellidos europeos. Lo que no pudieron cambiar ni conservar fue su libertad, aquella libertad que les permitía vivir sin presiones y sin miedo a los crímenes, depredaciones y abusos. En la playa, cerca de los médanos, ellos, los indios, y ahora también los mestizos, los negros y los mulatos, fabricaban sus pobres viviendas y allí se agazapaban, quizás esperando un milagro…, ese que vino a llegar mucho después con la gesta emancipadora, pero que posteriormente ha sido malogrado por las mañoserías extranjeras. 

Los Camoruco, pareja que aún llevaba su apellido el nombre de alguno de los antiguos caquetíos tenían un solo hijo, quién al momento de esta narración contaba entre veinte y veintidós años de edad. Era sano, robusto, ágil y alegre, con características étnicas de los caquetíos, pero en el que también se destacaban rasgos blancos que denunciaban un mestizaje venido quizá, de alguna pícara abuela española. Su nombre era Francisco, pero le llamaban Chico. 

Todas las mañanitas la canoa de Chico regresaba del amplio paisaje marino con la atarraya repleta de los peces para su habitual mantenimiento y también para la carreta que llevaría a Coro para cambiar pescado por otros comestibles o para cancelar deudas. 

Más, una mañana no se levantó. Alarmados sus padres hicieron vanos esfuerzos para despertarle. No se movía, ni abría los ojos. Tampoco se le notaba respiración, ni pulso, ni alguna otra señal de vida. 

-¡Está muerto!... ¡Dios santo!... Está muerto… Chico está muerto!!!

Se alarmaron los pescadores y llenaron la choza con su inmensa tristeza. Después tendieron el cuerpo inerte entre dos destartaladas mesas, lo envolvieron en un maure picado de grillos, dejándole sólo el rostro descubierto. Y allí comenzó el velorio. Los rezos tradicionales hacían coro frente a la choza, y el rumor de las olas se confundía con los sollozos de la madre.

-Viene un bote… ¡Viene un bote!... –gritó alguien desde la orilla del mar. Y la gente comenzó a mirar haciendo pantalla con sus manos en la frente.

-Sí… viene mucha gente… parece que de las Antillas…

El bote atracó y los viajeros comenzaron a saltar hacia la playa. Entre ellos se destacaba un hombre de mediana edad, blanco, con barba canosa. Parecía cansado y sus ropas lucían haraposas, pero ello no restaba dignidad a la figura varonil. Sin duda, ese hombre venía huyendo de quien sabe qué injusticia política. Miró al grupo que asistía al velorio de Chico y preguntó. 

-Están velando al mejor pescador de aquí, - le respondieron. 

Lentamente el hombre se acercó al grupo y observó con atención el estático rostro de la víctima; luego puso sus dedos sobre los cerrados párpados del presunto cadáver.

Y habló. 

-Este joven está vivo. Puedo probarlo. 

Hubo un revuelo. El funcionario colonial que fungía de médico forense, y que junto a su secretario había firmado la defunción, gritó enfurecido, pese a su lamentable embriaguez:

-Si está muerto… Cuando yo digo que está muerto es porque está muerto. Y este hombre es un loco de atar, -y señalaba al recién llegado. 

-Por favor!... Déjenlo que hable… dice que puede probar… -imploraban los padres de Chico. 

Después de una apasionada discusión próxima a la riña, llegaron a un acuerdo: sobre un montón de leña ardiendo colocaron la hoja de un machete, y cuando ésta estuvo al rojo vivo, el extranjero ordenó: 

-Desnúdenlo y échenlo boca abajo. Lo que tiene es catalepsia. 

Luego aplicó la hoja ardiente sobre el glúteo izquierdo del muchacho… quién respondió con un estertóreo alarido y saltó del velatorio. 

Chico vivió muchísimos años más, y lo llamaban “el muerto vivo”. Su salvador tuvo que huir de La Vela porque al funcionario colonial no se le perdonó que pusiese su estupidez en evidencia. 

(Cuento tomado del libro “Breves Relatos Veleños”, de Bhilla Torres Molina. Año 1998.)

• La catalepsia es un trastorno neurológico caracterizado por una pérdida temporal del control muscular y del contacto con el entorno. Durante un episodio, la persona puede mantener una postura fija, no responder a estímulos externos, tanto el pulso como la respiración es imperceptible y pueden mostrar una rigidez muscular extrema, incluso si esa postura resulta incómoda o antinatural. Es por esto, que la persona parece estar muerta, lo que en el pasado conllevó que muchas personas fueran enterradas vivas y sugieran incontables leyendas urbanas.


Puede aparecer de forma súbita y desaparecer espontáneamente, aunque su duración puede variar desde segundos hasta varias horas. Este fenómeno es frecuente en algunos trastornos psiquiátricos, como la esquizofrenia catatónica, y también puede presentarse en enfermedades neurológicas como la enfermedad de Parkinson. 

No es una enfermedad en sí misma, pero sí el resultado de trastornos, síndromes o formas de psicosis. Entre 1870 y 1910 hubo un miedo generalizado a ser enterrado vivo, creándose los llamados "ataúdes de seguridad" con banderas o campanas. Son muchas las historias, anécdotas, cuentos, libros y hasta películas que narran momentos en los que estos "muertos" despertaban en pleno velorio o en el peor de los casos, despertaban estando sepultados bajo tierra. Aunque hay casos documentados de catalepsia, los avances tecnológicos han hecho casi imposible que un individuo sea enterrado en estado cataléptico: ahora un electroencefalograma o un electrocardiograma pueden confirmar la muerte de alguien con facilidad.

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